Salud Emocional y Crianza Positiva – Dra. Carmen Márquez Perez
Cuando una persona, un animal, un lugar o algo que amamos deja de estar presente, experimentamos una pérdida. A lo largo de la vida, los niños pueden enfrentarse a la muerte de familiares, amistades o mascotas. También pueden vivir otras pérdidas significativas, como el divorcio o la separación de sus padres, una mudanza, el cambio de escuela, la partida de una persona importante o la pérdida de una forma de vida conocida.
Cada pérdida puede provocar tristeza, miedo, coraje, confusión, culpa o sensación de inseguridad. Por esta razón, es fundamental que los niños cuenten con adultos disponibles, afectuosos y emocionalmente estables que los ayuden a comprender lo sucedido y a transitar su dolor.
Los niños no comprenden la muerte de la misma manera que los adultos. Su interpretación dependerá de su edad, desarrollo emocional, experiencias anteriores, lenguaje, contexto familiar y creencias culturales o espirituales.
Los niños pequeños pueden pensar que la muerte es temporal o reversible. Es posible que pregunten repetidamente cuándo regresará la persona fallecida, aunque ya se les haya explicado lo ocurrido. Durante los primeros años también pueden interpretar algunas expresiones de manera literal. Por eso, frases como “se fue”, “lo perdimos”, “está durmiendo” o “se marchó a un lugar lejano” pueden causar confusión, miedo a dormir o la expectativa de que la persona regresará.
Es recomendable utilizar palabras sencillas, honestas y concretas:
“Tengo algo muy triste que decirte. El abuelo murió. Eso significa que su cuerpo dejó de funcionar: ya no puede respirar, hablar, sentir dolor ni regresar.”
La explicación debe adaptarse a la capacidad del niño para comprender. No es necesario ofrecer todos los detalles de una sola vez. Es mejor responder con tranquilidad a sus preguntas y permitir que vuelva a preguntar cuando lo necesite. Las creencias religiosas o espirituales de la familia pueden compartirse, pero conviene diferenciarlas de la explicación concreta sobre lo que le ocurrió al cuerpo.
Los niños miran a sus adultos significativos para interpretar lo sucedido y comprender sus propias emociones. Especialmente durante la primera infancia, pueden reflejar la intensidad de la tristeza, la ansiedad o el temor que perciben en quienes los cuidan.
La muerte de uno de los padres, un hermano, un abuelo u otra persona muy cercana puede cambiar profundamente la vida del niño. El duelo no ocurre de una sola vez ni sigue una secuencia exacta. El niño puede volver a experimentar la pérdida en distintos momentos de su desarrollo: al comenzar la escuela, celebrar un cumpleaños, graduarse o alcanzar otras etapas importantes.
La presencia constante de familiares, cuidadores, maestros, psicólogos y otros profesionales puede hacer esta travesía menos solitaria. El niño necesita saber quién continuará cuidándolo, cómo cambiará su rutina y qué aspectos de su vida permanecerán seguros.
La muerte no debe convertirse en un tema prohibido. Cuando los adultos evitan todas las conversaciones, el niño puede interpretar que sus preguntas son inadecuadas o que debe enfrentar sus preocupaciones en silencio.
Hablar de la muerte con naturalidad no significa restarle importancia. Significa reconocerla como parte de la vida y ofrecer información apropiada para la edad. También implica admitir cuando no se conoce una respuesta:
“No sé exactamente por qué ocurrió, pero podemos hablar de lo que estás pensando y sintiendo.”
Es importante escuchar sin interrumpir, corregir apresuradamente ni exigir que el niño hable. Algunos niños expresan el duelo mediante palabras; otros lo hacen por medio del juego, los dibujos, los cuentos, la música, los cambios en su conducta o las preguntas repetitivas.
Permitir que el niño exprese lo que siente constituye una parte esencial del proceso de duelo. Además de tristeza, puede experimentar coraje, frustración, miedo, alivio, confusión o incluso momentos de alegría. Puede llorar intensamente y, poco después, querer jugar. Esto no significa que haya olvidado a la persona fallecida. Los niños suelen entrar y salir del dolor mientras desarrollan recursos para manejarlo.
El adulto también puede llorar frente al niño. Esto le enseña que expresar el dolor está permitido. Sin embargo, conviene aclararle que, aunque el adulto esté triste, continuará cuidándolo. El niño no debe sentir que tiene que consolar al adulto o hacerse responsable de su bienestar emocional.
No existe una edad única a partir de la cual un niño pueda asistir a un funeral. La decisión debe considerar su nivel de comprensión, su deseo de participar, las prácticas familiares y las circunstancias de la muerte.
Cuando sea posible, se le debe preguntar si desea asistir, sin obligarlo ni excluirlo automáticamente. Antes de la ceremonia, es importante explicarle qué verá, quiénes estarán presentes, qué harán las personas y cómo podría verse el cuerpo si habrá un ataúd abierto. También debe saber que puede cambiar de opinión, salir del lugar o permanecer acompañado por un adulto de confianza.
Participar en una ceremonia puede ayudarlo a comprender que la muerte ocurrió, recibir apoyo y despedirse. Si decide no asistir, puede realizar otra acción significativa, como escribir una carta, hacer un dibujo, encender una vela, escoger una fotografía, plantar una flor o preparar una caja de recuerdos.
Después de una muerte, es saludable mantener, dentro de lo posible, las rutinas de alimentación, sueño, escuela, juego y actividades cotidianas. La estructura ayuda al niño a recuperar una sensación de estabilidad.
También es importante informarle a la escuela lo antes posible. Los maestros, orientadores y profesionales de apoyo pueden observar cambios emocionales, académicos o conductuales, ofrecer flexibilidad temporal y proporcionar un espacio seguro cuando el niño lo necesite.
Puede ser necesario repetirle quién lo recogerá, quién estará en casa, quién cuidará de él y qué ocurrirá durante los próximos días. Estas explicaciones reducen la incertidumbre y la ansiedad de separación.
Algunos niños pueden sentirse culpables o responsables de la muerte. Pueden creer que ocurrió porque se portaron mal, se enojaron con la persona, dijeron algo hiriente o desearon que se fuera. Estas interpretaciones requieren una respuesta directa:
“Nada de lo que pensaste, dijiste o hiciste causó esta muerte. No fue tu culpa.”
Cuando muere uno de los padres o cuidadores, el niño puede aferrarse más intensamente al adulto sobreviviente. También puede sentir temor de que otra persona muera o preocuparse excesivamente cuando alguien se aleja. Estas reacciones pueden formar parte del duelo, pero deben observarse y atenderse con sensibilidad.
Algunos niños presentan temporalmente conductas regresivas, como querer dormir con un adulto, hablar como si fueran más pequeños, tener accidentes urinarios, chuparse el dedo o necesitar ayuda en tareas que antes realizaban solos. En estos casos se recomienda ofrecer paciencia, afecto y seguridad, manteniendo límites claros y una disciplina respetuosa.
Recordar a la persona fallecida ayuda al niño a conservar un vínculo afectivo y a integrar la pérdida en su historia de vida. Algunas actividades que pueden resultar beneficiosas son:
El objetivo no es obligar al niño a “superar” u olvidar, sino ayudarlo a recordar con amor mientras continúa creciendo y participando en la vida.
Muchas reacciones de tristeza, enojo, temor, alteraciones temporales del sueño o cambios de conducta forman parte de un proceso de duelo esperado. No obstante, algunos niños desarrollan reacciones traumáticas que interfieren con su capacidad para recordar a la persona, participar en actividades, sentirse seguros o continuar con sus tareas cotidianas.
En el duelo traumático, los recuerdos relacionados con la forma en que ocurrió la muerte pueden provocar miedo intenso, imágenes intrusivas, pesadillas, evitación, sobresaltos, culpa persistente o un estado constante de alerta. En estas situaciones, el niño puede necesitar una evaluación y tratamiento especializado.
Se recomienda consultar a un psicólogo, psiquiatra infantil, pediatra u otro profesional de salud mental cuando las reacciones sean intensas, se prolonguen o interfieran significativamente con el funcionamiento del niño. Algunas señales de alerta son:
Buscar ayuda no significa que el niño esté manejando mal su duelo. Significa ofrecerle apoyo adicional para procesar una experiencia que puede resultar demasiado difícil para enfrentarla sin orientación especializada.
El duelo infantil necesita tiempo, seguridad, honestidad y amor. No existe una fecha exacta para dejar de extrañar. Tampoco debemos presionar al niño para que “sea fuerte”, “no llore” o “olvide lo ocurrido”.
Acompañar significa estar disponible, responder con sinceridad, respetar silencios, aceptar preguntas repetidas y permitir que el niño conserve una relación simbólica con quien murió.
Aunque ya no pueda abrazar físicamente a esa persona, puede continuar llevando sus recuerdos, sus enseñanzas y el amor compartido dentro de su corazón.
Dra. Carmen Márquez Pérez
Psicóloga
Mi Amiga Emocional® | Duelo en la niñez