Salud Emocional y Crianza Positiva – Dra. Carmen Márquez Perez
La educación emocional es una herramienta fundamental para el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. No consiste únicamente en identificar si una persona siente alegría, tristeza, miedo o enojo. Implica aprender a reconocer las emociones, comprender por qué aparecen, expresarlas de manera adecuada y utilizar estrategias saludables para manejarlas.
Estas habilidades se necesitan en todos los espacios de la vida cotidiana: la familia, la escuela, la comunidad y los entornos terapéuticos. Cuando un niño aprende a escuchar lo que siente, también comienza a desarrollar recursos para comunicarse con respeto, resolver conflictos, pedir ayuda, tomar decisiones responsables y relacionarse de una manera más empática con los demás.
La educación emocional no pretende eliminar las emociones difíciles. Sentir enojo, miedo, frustración, tristeza o ansiedad forma parte de la experiencia humana. Lo importante es enseñar que todas las emociones pueden ser escuchadas y comprendidas, pero que no todas las maneras de expresarlas son seguras o respetuosas.
Los estudiantes no dejan sus preocupaciones, pérdidas, conflictos familiares o temores en la entrada de la escuela. Llegan al salón con su historia, sus necesidades y su mundo emocional.
Un niño que se encuentra ansioso, triste, asustado o enojado puede tener dificultades para concentrarse, seguir instrucciones, relacionarse con sus compañeros o participar del proceso académico. En ocasiones, una conducta que se interpreta rápidamente como desobediencia puede ser la expresión de una emoción que el estudiante todavía no sabe nombrar ni manejar.
Por esta razón, atender el desarrollo emocional no significa restarle importancia a la enseñanza académica. Por el contrario, contribuye a crear las condiciones internas y ambientales que permiten aprender.
La investigación sobre programas escolares de aprendizaje social y emocional ha encontrado beneficios en las destrezas socioemocionales, las actitudes, la conducta y el desempeño académico de los estudiantes. Un metaanálisis ampliamente citado, que examinó 213 programas y la participación de más de 270,000 estudiantes, documentó resultados positivos en estas áreas cuando las intervenciones fueron estructuradas y desarrolladas adecuadamente. (Durlak y colaboradores)
Nuestras escuelas necesitan espacios intencionales, acogedores y seguros donde los estudiantes puedan aprender sobre sus emociones y practicar estrategias para manejarlas. Un salón de educación emocional puede convertirse en un lugar para enseñar habilidades que muchas veces esperamos que los niños posean, aunque nadie se las haya enseñado directamente.
Este salón no debe verse como un espacio de castigo ni como el lugar al que se envía al estudiante que “se portó mal”. Tampoco sustituye los servicios de psicología, trabajo social, consejería profesional o tratamiento de salud mental. Su función es principalmente educativa y preventiva.
En este espacio, los estudiantes pueden aprender a:
Un salón de educación emocional puede incluir cuentos, títeres, tarjetas de emociones, juegos simbólicos, actividades artísticas, ejercicios de respiración, dramatizaciones y espacios para conversar. Estos recursos permiten que el aprendizaje sea concreto, participativo y apropiado para las diferentes etapas del desarrollo.
La creación de estos salones puede aportar beneficios que trascienden al estudiante individual. Cuando la educación emocional forma parte de la cultura escolar, puede favorecer una comunicación más respetuosa, una mejor convivencia y una respuesta más consciente ante los conflictos.
También puede ayudar a identificar tempranamente señales de sufrimiento emocional. Un estudiante que aprende a reconocer lo que siente tiene mayores posibilidades de decir: “Tengo miedo”, “Estoy preocupado”, “Necesito ayuda” o “Algo me está pasando”. Esa capacidad para comunicar su experiencia puede facilitar una intervención oportuna por parte de los adultos y profesionales correspondientes.
Además, estos espacios pueden contribuir a:
Sin embargo, un salón por sí solo no produce una transformación. Para que la iniciativa sea efectiva, debe contar con objetivos claros, personal capacitado, materiales apropiados para la edad, participación familiar y coordinación con profesionales de la salud mental. Las habilidades aprendidas en ese espacio también deben practicarse en el salón regular, el hogar, el comedor escolar, el patio y las demás áreas de convivencia.
La violencia no surge de una sola causa y no puede prevenirse únicamente enseñando a controlar las emociones. También requiere atender factores familiares, sociales, culturales y comunitarios. No obstante, la educación emocional puede constituir una parte importante de una estrategia preventiva más amplia.
Cuando los estudiantes aprenden a tolerar la frustración, expresar desacuerdos, establecer límites, reconocer las necesidades de otras personas y buscar soluciones sin recurrir al daño, adquieren herramientas protectoras para la vida.
Educar emocionalmente también permite cuestionar ideas perjudiciales, como creer que sentir vulnerabilidad es una debilidad, que los conflictos se resuelven mediante la fuerza o que controlar y humillar a otra persona es una demostración de poder. Desde la niñez podemos enseñar que el respeto, la empatía, la responsabilidad y el buen trato son componentes esenciales de cualquier relación saludable.
En Puerto Rico se han desarrollado diferentes iniciativas relacionadas con el bienestar, la prevención y la salud emocional de la niñez y la juventud.
El Proyecto UPR de Bienestar y Salud Mental para Niños y Jóvenes ofreció intervenciones basadas en evidencia a menores expuestos a violencia y trauma en escuelas y comunidades seleccionadas. Por su parte, programas como Relaciones Inteligentes PLUS 4.0 han trabajado la prevención de conductas de riesgo en adolescentes.
El Departamento de Educación de Puerto Rico también estableció Salud Emocional en Acción, iniciativa que ofrece recursos, guías y lecciones para fortalecer la prevención y el manejo de las emociones desde edades tempranas. La política pública correspondiente dispone doce horas de contacto anuales para la educación en el manejo de las emociones desde kínder hasta duodécimo grado. (Departamento de Educación de Puerto Rico)
Estas iniciativas reflejan un reconocimiento cada vez mayor de que el bienestar emocional debe ocupar un lugar importante en la educación. El próximo paso es asegurar continuidad, recursos, capacitación y espacios permanentes donde este aprendizaje pueda desarrollarse y evaluarse durante todo el año escolar.
Crear salones de educación emocional es mucho más que preparar un rincón bonito o realizar actividades ocasionales. Es reconocer que educar implica atender a la persona completa: sus pensamientos, emociones, relaciones, decisiones y posibilidades de crecimiento.
Una escuela que enseña a leer y escribir prepara para el aprendizaje académico. Una escuela que, además, enseña a reconocer el miedo, manejar el enojo, expresar la tristeza, reparar el daño y pedir ayuda prepara para la vida.
Educar emocionalmente es una acción preventiva y transformadora. Es una apuesta por la paz cotidiana, por relaciones más justas, por escuelas más seguras y por una ciudadanía emocionalmente consciente.
Nuestros niños no deberían tener que aprender solos a manejar lo que sienten. Necesitan adultos preparados, herramientas concretas y espacios seguros donde puedan descubrir que sus emociones tienen un nombre, un mensaje y una manera saludable de ser expresadas.
Dra. Carmen Márquez Pérez
Psicóloga clínica y educadora emocional
Nota de la autora: Este artículo fue escrito por la Dra. Carmen Márquez Pérez. La revisión de estilo, organización y ampliación del contenido se realizó con el apoyo de ChatGPT, una herramienta de inteligencia artificial de OpenAI. La autora revisó, verificó y aprobó la versión final.
Referencias