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Salud Emocional y Crianza Positiva – Dra. Carmen Márquez Perez

Aprender a vivir en sociedad

La educación emocional comienza en la infancia

Por Dra. Carmen Márquez Pérez – Psicóloga

Educar las emociones no es una tarea adicional a la crianza: es una manera de preparar a los niños para relacionarse, resolver conflictos y participar de forma saludable en la vida social.

Una de las enseñanzas más importantes que debe recibir un niño es cómo vivir en sociedad. Desde sus primeros años, comienza a relacionarse con otras personas, compartir espacios, expresar necesidades y participar en experiencias que despiertan emociones diversas. Cada encuentro —en el hogar, la escuela o la comunidad— se convierte en una oportunidad para aprender a convivir.

Vivir en sociedad no significa solamente obedecer normas o comportarse de una manera esperada. Implica desarrollar habilidades para acercarse a otros, mantener relaciones respetuosas, construir una identidad propia y expresar las emociones sin hacerse daño ni lastimar a los demás. Por eso, el desarrollo social ocupa un lugar decisivo en la maduración infantil.

La convivencia se aprende

Los niños no nacen sabiendo cómo esperar un turno, escuchar una opinión diferente, pedir algo con respeto, enfrentar una frustración o reparar una relación después de un conflicto. Estas capacidades se desarrollan gradualmente mediante la experiencia, el acompañamiento y el ejemplo de los adultos.

Cuando un adulto ayuda al niño a poner en palabras lo que siente, le enseña algo más profundo que el nombre de una emoción. Le muestra que sus experiencias internas pueden comprenderse y expresarse de una forma segura. También le ayuda a descubrir que otras personas tienen pensamientos, sentimientos y necesidades que merecen consideración.

Cuando un niño comprende lo que sucede en su interior, está mejor preparado para comprender lo que puede estar sucediendo en el corazón de otra persona.

Reconocer las emociones en los demás

Conectar con otras personas implica aprender a mirar al otro. Los gestos, la postura, el tono de voz, las expresiones faciales y las actitudes ofrecen señales que ayudan a comprender cómo alguien podría sentirse. Un compañero que se queda solo, una hermana que habla con voz temblorosa o un amigo que deja de participar pueden estar comunicando una emoción aun cuando no la expresen con palabras.

Reconocer estas señales favorece la empatía, pero también requiere cautela. Podemos invitar al niño a observar y preguntar con respeto, sin asumir que sabe exactamente lo que la otra persona siente. Frases como “Noto que estás callado, ¿quieres contarme qué ocurre?” enseñan interés, sensibilidad y respeto por la experiencia ajena.

El papel de los adultos

La familia y la escuela son los primeros escenarios de aprendizaje social. En ellos, los niños observan cómo los adultos reaccionan ante el enojo, escuchan durante un desacuerdo, establecen límites y reparan el daño. El ejemplo cotidiano tiene tanta fuerza como cualquier explicación.

Podemos apoyar este desarrollo cuando escuchamos sin ridiculizar, validamos la emoción aunque sea necesario corregir la conducta, modelamos un lenguaje respetuoso y ofrecemos oportunidades para practicar la cooperación. También educamos cuando ayudamos al niño a preguntarse: “¿Qué siento?”, “¿Qué necesita la otra persona?” y “¿Cómo puedo actuar sin hacer daño?”.

Educar emociones es educar para la vida

El desarrollo emocional y el desarrollo social no son procesos separados. Un niño que aprende a conocerse puede relacionarse con mayor seguridad; uno que aprende a regularse puede enfrentar mejor los desacuerdos; y uno que reconoce las emociones ajenas puede construir vínculos más empáticos y respetuosos.

Enseñar a vivir en sociedad es acompañar al niño a descubrir que su voz importa, que sus emociones tienen sentido y que las demás personas también merecen ser escuchadas. Esa enseñanza comienza en los pequeños momentos de cada día y se convierte, con el tiempo, en la base de una convivencia más humana.

Dra. Carmen Márquez Pérez
Psicóloga

Artículo inspirado en el libro Emociones que educan.